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La educación de hoy es un tema que condiciona el nivel futuro de la sociedad. Pero, no es éste el objeto formal del presente artículo. Bajo el paraguas de seis paradigmas educativos voy a desarrollar unas ideas, que considero útiles para el ejercicio exitoso de una profesión a la que hemos sido llamados una grandísima mayoría de personas y para la que no hemos sido preparados, la profesión de padres. A veces hemos escuchado que “el negocio mas importante que tenemos los padres es la familia”. Desde la óptica de un padre de familia numerosa, con cierta experiencia en la dirección y asesoramiento empresas, he percibido que la anterior frase entrecomillada resulta tan cierta como olvidada. También en este caso la realidad es tozuda y acaba imponiéndose. La mayoría de los padres consideramos las responsabilidades familiares, como muy importantes, aunque nunca terminamos de encontrar el tiempo necesario para atenderlas.
Analizo paradigmas y no doy receta alguna, pues la realidad supera cualquier previsión. Además, estoy convencido que las personas modifican sus comportamientos y actitudes, sólo cuando han sido capaces de cambiar sus paradigmas. Veamos. Un paradigma es un modo de ver la realidad, que nos sirve de marco o modelo de referencia. “El modo en que vemos las cosas (paradigmas) es la fuente del modo en que pensamos y del modo en que actuamos. Todos pensamos que vemos las cosas como son, que somos objetivos, pero no es así. Vemos el mundo no como es, sino como somos nosotros” (Stephen Covey). Con nuevos modos de ver las cosas, pensaremos y actuaremos de un modo nuevo en una función en la que nos va mucho, la educación de nuestros hijos. Dos ejemplos de cambio de paradigma: Matrimonio: Cuando dos personas deciden compartir su vida para siempre, esa decisión cambia de modo radical su modo de ver el mundo. Son conscientes de que han iniciado una vida de comunión y bajo el prisma de ese nuevo rol ven las cosas de modo diferente a como las veían poco tiempo antes. Los paradigmas de ambos han cambiado y, como consecuencia de ello, su pensar, su expresarse y su actuar. Nacimiento de un hijo: Cuando un matrimonio tiene su primer hijo, de nuevo se produce un cambio importante en su modo de ver la vida. El nuevo rol de padres les empuja a asumir las nuevas obligaciones, como lo más natural del mundo y no se sorprenden de tener que lavar, cambiar y alimentar al niño. Cambiaron los paradigmas y con éstos, de modo inmediato, el pensar y el hacer. Cuántas veces nos hemos visto sorprendidos por comportamientos inexplicables en ciertas personas, que conocemos. ¡No podemos comprenderlo! Sin embargo, cuando nos han explicado lo que acaba de ocurrirles, comprendemos a las personas y su modo de actuar. Los hechos no han cambiado. Ha cambiado nuestro modo de ver las cosas, nuestro paradigma sobre esa realidad. En el gráfico que sigue detallamos los seis paradigmas que voy a tratar: 
I. Paradigma de la persona completa: Si observamos cómo es tratada la persona en escritos y hechos, nos sorprende el reduccionismo a que es sometida. El paradigma de la persona completa consiste en sacar a la luz toda la riqueza de contenidos de ésta. Nuestro modo de ver a la persona humana podríamos expresarlo más o menos en estos términos: es un ser creado; individual y social; racional y corporal; imperfecto, pero perfectible; y libre. Evidentemente para un creyente es mucho más que eso. Recuerdo que Stephen Covey, al terminar una conferencia en Barcelona, dio las gracias a los que le habíamos escuchado con llamativa atención; y también “a Dios, que nos había mantenido en el ser durante todo el tiempo, que duró la conferencia”. Como vió algunas expresiones de sorpresa en las primeras filas, añadió: “respeto el sentir y el pensar de cada uno, pero el mío es que el ser humano no es un cuerpo con espíritu, sino un espíritu con cuerpo”. Sin embargo, voy a aparcar la posición de Fe, propia de un creyente, y me ceñiré a lo que me pueda aportar la inteligencia, de modo que cuanto escriba pueda ser válido tanto para el creyente, como para quien no tenga creencia alguna, pero sí la necesidad y el deseo de realizar del modo mejor posible la tarea ilusionante de educar a sus hijos. La persona humana es el primer paradigma en importancia. Los demás cobran sentido por su referencia a aquélla. Stephen Covey basa su libro “Las Familias Altamente Efectivas” en este paradigma de la persona completa, afirmando de ésta que es cuerpo, mente, corazón y espíritu. En el gráfico siguiente se muestra dicho paradigma: 
La persona se relaciona con el mundo que le rodea, mediante los cinco sentidos tradicionales de vista, oído, olfato, gusto y tacto. De ahí la importancia de cada uno de ellos. Es decir, a través de los sentidos nos llega la información del mundo exterior en forma de sensaciones. Estas proceden, por tanto, de un estímulo exterior y son neutras en sí mismas. Sin embargo cualquier información que nos viene del exterior produce en nuestro interior una resonancia, que se manifiesta de tres muy distintas, pero íntimamente interrelacionadas entre sí: instintividad, afectividad y racionalidad. Las tres, asimismo, son muy importantes en el desarrollo equilibrado de la persona. No estaremos bien constituidos, como personas, si en nuestra conducta predomina una de aquellas áreas en detrimento de las demás. Instintividad: Los instintos son tendencias e inclinaciones que derivan inmediatamente de las necesidades fundamentales del ser vivo y facilitan a éste el realizarse como tal y alcanzar sus fines específicos. Se trata de conocimientos innatos y de ningún modo adquiridos. En los animales se manifiestan con total pureza y eficacia, ya que actúan de modo necesario; mientras que en los seres humanos están influenciados por la afectividad y la racionalidad. Ante un peligro, tanto los animales como las personas, reaccionamos de un modo inmediato, procurando conservar la vida. Cuando el organismo necesita comida, se manifiesta mediante la sensación de hambre, que no cesa hasta que es satisfecha. Del mismo modo la posibilidad de crecer y aprender provoca en los seres humanos una atracción que le empuja a conseguirlo. Instintos-guía del ser humano: En el gráfico anterior es fácil observar la importancia que tienen los instintos en la tarea de educar. Aunque el nutricio y el de la sexualidad son los que tienen más riesgo de acentuar su peso y requieren un esfuerzo por mantenerlos en equilibrio, son los tres restantes los que tienen un significativo peso educativo: Instinto de perfección: El ser humano tiene una tendencia innata hacia la perfección. “Es el móvil que lleva al ser humano a completarse, a adquirir una forma exuberante y nítida al mismo tiempo”(López Ibor). Este instinto sirve de fundamento para que la persona se sumerja en un proceso de mejora continua, para actualizar sus potencialidades. Instinto de imitación: Como afirma Fernando Corominas, “saber imitar es uno de los Instintos guía, que antes se manifiestan. Una vez que la voluntad empieza a despertar, la capacidad de IMITAR se convierte en uno de los primeros cauces de la libertad. La capacidad de imitar no actúa sola en el aprendizaje, sino que va acompañada de un Período Sensitivo expresado en las ganas de repetir la acción, que ha contemplado.” Instinto de unidad radical: La persona tiene una tendencia radical a la unidad de su ser, a ser ella misma. Zubiri lo expresa mediante la palabra “suidad”, ser yo mismo, siendo el hombre una “suidad abierta”. Ello nos conduce a que la unidad de vida es condición necesaria para el equilibrio y armonía personales. Lo contrario sería una esquizofrenia y haría imposible el desarrollo armónico de la persona. Afectividad: Es el modo como somos afectados interiormente por las circunstancias que suceden a nuestro alrededor. Todo lo afectivo consiste en un cambio interior. El hombre tiene una capacidad psiquica, que le permite experimentarse a sí y a las realidades exteriores, es decir de convertir en experiencia interna cualquier contenido de conciencia. Si tuviéramos que dar una definición un poco más completa de la afectividad podría ser ésta : “Conjunto de fenómenos subjetivos, diferentes del puro conocimiento, difíciles de verbalizar y que provocan un cambio interior, que se mueve entre dos polos extremos: agrado-desagrado, inclinación-rechazo y afición-repulsa” (Enrique Rojas). Las vivencias afectivas tienen la capacidad de dar calor y regar de interioridad todas nuestras actividades. Los sentimientos constituyen la parte más importante de nuestra afectividad. Sin embargo, como todas manifestaciones de ésta carecen de la estabilidad necesaria para que podamos edificar nuestra vida de modo preponderante sobre aquéllas. Sin renunciar a la presencia de nuestra afectividad, las decisiones y compromisos en los que nos jugamos algo importante han de fundamentarse sobre algo más estable, como es la racionalidad. Racionalidad: No voy a perder de vista mi único objetivo de exponer unas ideas, que resulten útiles a los padres, que quieren tomarse en serio la tarea de educar a sus hijos. En este contexto el contenido que voy a dar en este artículo a la palabra racionalidad será el de toda actividad de las facultades superiores de la persona, de acuerdo al siguiente gráfico:  En el orden práctico, cuando vamos a actuar, lo normal es que se produzca una fuerte interacción entre instintos, afectividad y racionalidad. Los primeros nos empujan a satisfacer de modo prioritario las necesidades primarias; la afectividad a elegir lo agradable, lo que nos gusta y lo que resulta fácil; y la racionalidad, a elegir lo que nos conviene. Con la luz del entendimiento percibimos lo que es bueno para nosotros, lo que más nos ayudará a crecer como personas, ya que el entendimiento aprehende, enjuicia y razona. Finalmente la voluntad, que siempre tiende hacia el bien, procurará adherirse a lo que el entendimiento le muestra como conveniente y bueno. Un chico de 14 años acaba de llegar del colegio y de merendar. Un vecino amigo le llama para pasar un rato divertido estrenando un nuevo juego en el PC. Por otra parte, al día siguiente ha de entregar un trabajo de literatura, que ha ido postergando. Ir a casa de su amigo le apetece mucho más, pero no tiene dudas de que realizar el trabajo pendiente va a ser más conveniente para su crecimiento personal. Esta tensión a la hora de decidir es una constante en nuestra vida y a todas las edades. Por ello, el hecho de adquirir los hábitos pertinentes cobra vital importancia, ya que marcará la dirección de nuestras decisiones. La facultad del entendimiento comúnmente se utiliza como sinónimo de inteligencia. Tanto en la psicología racional, como experimental, suelen hacerse distinciones muy sutiles e interesantes entre ambos términos, pero no útiles para nuestro enfoque de padres, que quieren educar a sus hijos. La inteligencia emocional: En los últimos años hemos sido inundados de libros sobre la inteligencia emocional. Gardner en su libro "Estructuras de la mente" escribió sobre la existencia de siete inteligencias básicas, según se indican en el gráfico siguiente: A efectos educativos es muy interesante tener presente el gráfico anterior. Si a un hijo le cuestan mucho las matemáticas, no significa que su nivel de inteligencia sea bajo, pues puede destacar en inteligencia musical o espacial. Es decir, la inteligencia tiene muchos modos de manifestarse, por lo que sería un error limitarnos al especulativo-racional clásico. De hecho, no tener presentes todos los distintos tipos de inteligencia ocasionó en el pasado frecuentes fracasos personales. Relacionarse con los demás (inteligencia interpersonal) y aceptarse a sí mismo, con las propias potencialidades y limitaciones (inteligencia intrapersonal), tiene una gran importancia, tanto a nivel profesional, como en cualquier otra faceta de la vida. Este hecho ha incentivado el que hayan proliferado en los últimos tiempos muchos estudios sobre la inteligencia emocional, que es un modo de llamar conjuntamente a las inteligencias intrapersonal e interpersonal. Tratar con mayor profundidad este interesantísimo tema excede al objeto de este trabajo. Importancia de la voluntad: Ahora bien la tendencia de la voluntad hacia el bien es natural, pero quizás no tenga la suficiente fuerza para superar las influencias de los instintos y de la afectividad. El desarrollo del entendimiento es importantísimo, para que esté fino en su iluminar, pero fortalecer la voluntad es decisivo. Recuerdo el caso de un joven, que veía muy claro que consumir ciertas sustancias le hacían mucho daño, pero no tenía voluntad ni para plantearse abandonar su consumo. Todos hemos tenido cerca algún caso similar. Pero no es necesario recurrir a estos casos extremos. Basta con ver a muchos estudiantes que saben perfectamente que su trabajo es estudiar, pero no tienen capacidad para esforzarse en ello. Los padres solemos dar más importancia al desarrollo de la inteligencia. Prueba de ello es que una mala calificación en actitudes o comportamientos nos preocupa menos que si ocurriera acerca de una asignatura del plan de estudios. Es decir, nos importa más el entendimiento que la voluntad. Siendo ambas importantes, la voluntad es más decisiva, por su proximidad al elegir, al decidir y al actuar de la persona. La voluntad se fortalece mediante el esfuerzo en lograr los hábitos pertinentes. Estos, además, son los que amplían el horizonte de toda la persona. La memoria, finalmente, es la gran olvidada. Sin embargo, cumple el papel importantísimo de facilitar información a nuestra inteligencia y de permitirnos tener en presente nuestra propia historia personal. El rumiar intelectual es sumamente efectivo y ello sería imposible sin el concurso de esta facultad. En sucesivos artículos trataremos los demás paradigmas educativos.
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